ERICK GONZALES ROCHA en Ginebra - Suiza, Foto: Erick Gonzales
ERICK GONZALES ROCHA en Ginebra - Suiza, Foto: Erick Gonzales
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Detrás de cada cifra sobre migración hay una historia, un niño con sueños, una familia con esperanzas. SOLITO nos recuerda que los problemas de desarrollo, gobernanza y justicia no son abstractos: tienen nombre, rostro y destino.
Erick Gonzales Rocha
11 de diciembre de 2025
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SOLITO: migrar, educar y gobernar con humanidad

Recientemente leí “Solito” de Javier Zamora. Este libro comparte el recuerdo crudo de un viaje de más de 4.000 kilómetros que emprendió a los nueve años, desde El Salvador hasta Estados Unidos. Es una historia real que comienza como la travesía de un niño que busca reencontrarse con sus padres y se convierte en una profunda meditación sobre la migración, la inocencia y la dignidad.

El pequeño Javier deja atrás a sus abuelos, su escuela y la rutina del hogar para atravesar Guatemala y México, guiado por desconocidos y sostenido solo por la esperanza. Su recorrido está lleno de miedo, hambre, agotamiento y también de gestos clave de bondad que revelan lo mejor del ser humano.

Portada de SOLITO, Foto: Erick Gonzales

Un espejo del continente

Para los latinoamericanos, Solito resulta dolorosamente cercano. Las causas que empujan a Javier, la falta de empleo, la violencia, la desigualdad, la corrupción y la ineficacia de los gobiernos, no son ajenas a países como Bolivia, Perú, Honduras o Venezuela. La historia de Zamora también es la de millones de personas que se ven obligadas al desarraigo.

Sin embargo, la fuerza del libro radica en que no denuncia con cifras, sino con humanidad. A través de la voz infantil, el autor muestra las consecuencias reales de sistemas que fracasan en ofrecerles futuro a sus ciudadanos y la resiliencia extraordinaria que surge.

Educación, disciplina y esperanza

Desde las primeras páginas entendemos que la educación fue un pilar de la vida de Javier. Sus padres fueron estudiantes ejemplares. Su madre, estricta y exigente, lo sentaba frente a una pizarra, visible desde la calle, y no lo dejaba levantarse hasta completar sus tareas. Era un amor severo, sí, pero también una forma de esperanza: la convicción de que el conocimiento podía abrirle un camino.

Años después, el niño migrante que sobrevive es un poeta y escritor reconocido, becario de Stanford y Harvard. En ese trayecto, Solito revela algo universal: el inmenso potencial que existe en niños y jóvenes de entornos menos privilegiados cuando se les ofrece, o ellos mismos se exigen, la oportunidad de aprender y superarse. En la historia de Zamora, la educación no es solo supervivencia; es liberación. Es el primer acto de responsabilidad hacia uno mismo y hacia la sociedad.

El silencio sobre la incapacidad

Si Solito tiene una omisión deliberada, está en lo que no dice: los sistemas políticos y económicos que producen tanto sufrimiento. Como lectores, anhelamos una reflexión más amplia sobre por qué millones de personas deben emprender viajes. Sin embargo, esto queda fuera del marco de la conciencia del niño que narra la historia, y la integridad artística de Zamora reside precisamente en mantener esa voz. Su tarea no es analizar las causas, sino hacernos sentir el costo humano.

Desde una perspectiva socioeconómica más amplia, sin embargo, resulta imposible no reflexionar sobre la complejidad misma de la migración. No todos los migrantes llegarán a ser escritores o innovadores; no todos están en la mejor posición para contribuir positivamente a las sociedades que los reciben. Vale la pena considerar políticas migratorias humanas y flexibles, que otorguen mayores oportunidades a quienes demuestran esfuerzo, formación y compromiso con el progreso propio y colectivo. Al mismo tiempo, el objetivo último no debe ser filtrar personas, sino transformar las condiciones que las obligan a marcharse.

El mayor acto de solidaridad con los migrantes, entonces, también es preventivo: garantizar que los países dejen de funcionar como fábricas de desesperanza, donde el privilegio se concentra en unos pocos y muchos deben emigrar si quieren calidad de vida. Cuando los países de altos ingresos cierran sus puertas incluso a los más capaces, mientras las élites, locales y globales, continúan erosionando las oportunidades y la igualdad, estas tragedias humanas se multiplican.

El libro también destaca las hermanas religiosas, los refugios y los compañeros de viaje, que encarnan la dimensión social del desarrollo: la solidaridad. Cuando las hermanas reciben a viajeros con toallas, jabón y palabras amables, el gesto se convierte en un momento de profunda restauración. Pequeños actos de cuidado en un mundo estructurado por la indiferencia son formas de resistencia.

En ese sentido, Solito logra más que muchos tratados políticos. Nos mueve de la abstracción a la empatía, de la política a la persona. No nos deja con datos o tratados, sino con la reflexión sobre un mundo en el que historias como esta no tengan que repetirse.

Yo leyendo el libro en Ginebra, Foto: Erick Gonzales
Mirar sin apartar la vista

Detrás de cada cifra sobre migración hay una historia, un niño con sueños, una familia con esperanzas. Solito nos recuerda que los problemas de desarrollo, gobernanza y justicia no son abstractos: tienen nombre, rostro y destino.

Es un libro que conmueve, pero también interpela. Nos invita a pensar qué tipo de sociedad somos y qué tipo de humanidad queremos construir. Una donde los niños caminen solos entre fronteras, o una donde nadie deba marcharse para vivir con dignidad.

Un espejo del continente

Para los latinoamericanos, Solito resulta dolorosamente cercano. Las causas que empujan a Javier, la falta de empleo, la violencia, la desigualdad, la corrupción y la ineficacia de los gobiernos, no son ajenas a países como Bolivia, Perú, Honduras o Venezuela. La historia de Zamora también es la de millones de personas que se ven obligadas al desarraigo.

Sin embargo, la fuerza del libro radica en que no denuncia con cifras, sino con humanidad. A través de la voz infantil, el autor muestra las consecuencias reales de sistemas que fracasan en ofrecerles futuro a sus ciudadanos y la resiliencia extraordinaria que surge.

Desde las primeras páginas entendemos que la educación fue un pilar de la vida de Javier. Sus padres fueron estudiantes ejemplares. Su madre, estricta y exigente, lo sentaba frente a una pizarra, visible desde la calle, y no lo dejaba levantarse hasta completar sus tareas. Era un amor severo, sí, pero también una forma de esperanza: la convicción de que el conocimiento podía abrirle un camino.

Años después, el niño migrante que sobrevive es un poeta y escritor reconocido, becario de Stanford y Harvard. En ese trayecto, Solito revela algo universal: el inmenso potencial que existe en niños y jóvenes de entornos menos privilegiados cuando se les ofrece, o ellos mismos se exigen, la oportunidad de aprender y superarse. En la historia de Zamora, la educación no es solo supervivencia; es liberación. Es el primer acto de responsabilidad hacia uno mismo y hacia la sociedad.

El silencio sobre la incapacidad

Si Solito tiene una omisión deliberada, está en lo que no dice: los sistemas políticos y económicos que producen tanto sufrimiento. Como lectores, anhelamos una reflexión más amplia sobre por qué millones de personas deben emprender viajes. Sin embargo, esto queda fuera del marco de la conciencia del niño que narra la historia, y la integridad artística de Zamora reside precisamente en mantener esa voz. Su tarea no es analizar las causas, sino hacernos sentir el costo humano.

Desde una perspectiva socioeconómica más amplia, sin embargo, resulta imposible no reflexionar sobre la complejidad misma de la migración. No todos los migrantes llegarán a ser escritores o innovadores; no todos están en la mejor posición para contribuir positivamente a las sociedades que los reciben. Vale la pena considerar políticas migratorias humanas y flexibles, que otorguen mayores oportunidades a quienes demuestran esfuerzo, formación y compromiso con el progreso propio y colectivo. Al mismo tiempo, el objetivo último no debe ser filtrar personas, sino transformar las condiciones que las obligan a marcharse.

Educación, disciplina y esperanza

El mayor acto de solidaridad con los migrantes, entonces, también es preventivo: garantizar que los países dejen de funcionar como fábricas de desesperanza, donde el privilegio se concentra en unos pocos y muchos deben emigrar si quieren calidad de vida. Cuando los países de altos ingresos cierran sus puertas incluso a los más capaces, mientras las élites, locales y globales, continúan erosionando las oportunidades y la igualdad, estas tragedias humanas se multiplican.

El libro también destaca las hermanas religiosas, los refugios y los compañeros de viaje, que encarnan la dimensión social del desarrollo: la solidaridad. Cuando las hermanas reciben a viajeros con toallas, jabón y palabras amables, el gesto se convierte en un momento de profunda restauración. Pequeños actos de cuidado en un mundo estructurado por la indiferencia son formas de resistencia.

En ese sentido, Solito logra más que muchos tratados políticos. Nos mueve de la abstracción a la empatía, de la política a la persona. No nos deja con datos o tratados, sino con la reflexión sobre un mundo en el que historias como esta no tengan que repetirse.

Detrás de cada cifra sobre migración hay una historia, un niño con sueños, una familia con esperanzas. Solito nos recuerda que los problemas de desarrollo, gobernanza y justicia no son abstractos: tienen nombre, rostro y destino.

Es un libro que conmueve, pero también interpela. Nos invita a pensar qué tipo de sociedad somos y qué tipo de humanidad queremos construir. Una donde los niños caminen solos entre fronteras, o una donde nadie deba marcharse para vivir con dignidad.

Portada de SOLITO, Foto: Erick Gonzales
Mirar sin apartar la vista
Yo leyendo el libro en Ginebra, Foto: Erick Gonzales

Un espejo del continente

Para los latinoamericanos, Solito resulta dolorosamente cercano. Las causas que empujan a Javier, la falta de empleo, la violencia, la desigualdad, la corrupción y la ineficacia de los gobiernos, no son ajenas a países como Bolivia, Perú, Honduras o Venezuela. La historia de Zamora también es la de millones de personas que se ven obligadas al desarraigo.

Sin embargo, la fuerza del libro radica en que no denuncia con cifras, sino con humanidad. A través de la voz infantil, el autor muestra las consecuencias reales de sistemas que fracasan en ofrecerles futuro a sus ciudadanos y la resiliencia extraordinaria que surge.

Educación, disciplina y esperanza
Portada de SOLITO, Foto: Erick Gonzales

Desde las primeras páginas entendemos que la educación fue un pilar de la vida de Javier. Sus padres fueron estudiantes ejemplares. Su madre, estricta y exigente, lo sentaba frente a una pizarra, visible desde la calle, y no lo dejaba levantarse hasta completar sus tareas. Era un amor severo, sí, pero también una forma de esperanza: la convicción de que el conocimiento podía abrirle un camino.

Años después, el niño migrante que sobrevive es un poeta y escritor reconocido, becario de Stanford y Harvard. En ese trayecto, Solito revela algo universal: el inmenso potencial que existe en niños y jóvenes de entornos menos privilegiados cuando se les ofrece, o ellos mismos se exigen, la oportunidad de aprender y superarse. En la historia de Zamora, la educación no es solo supervivencia; es liberación. Es el primer acto de responsabilidad hacia uno mismo y hacia la sociedad.

El silencio sobre la incapacidad

Si Solito tiene una omisión deliberada, está en lo que no dice: los sistemas políticos y económicos que producen tanto sufrimiento. Como lectores, anhelamos una reflexión más amplia sobre por qué millones de personas deben emprender viajes. Sin embargo, esto queda fuera del marco de la conciencia del niño que narra la historia, y la integridad artística de Zamora reside precisamente en mantener esa voz. Su tarea no es analizar las causas, sino hacernos sentir el costo humano.

Desde una perspectiva socioeconómica más amplia, sin embargo, resulta imposible no reflexionar sobre la complejidad misma de la migración. No todos los migrantes llegarán a ser escritores o innovadores; no todos están en la mejor posición para contribuir positivamente a las sociedades que los reciben. Vale la pena considerar políticas migratorias humanas y flexibles, que otorguen mayores oportunidades a quienes demuestran esfuerzo, formación y compromiso con el progreso propio y colectivo. Al mismo tiempo, el objetivo último no debe ser filtrar personas, sino transformar las condiciones que las obligan a marcharse.

El mayor acto de solidaridad con los migrantes, entonces, también es preventivo: garantizar que los países dejen de funcionar como fábricas de desesperanza, donde el privilegio se concentra en unos pocos y muchos deben emigrar si quieren calidad de vida. Cuando los países de altos ingresos cierran sus puertas incluso a los más capaces, mientras las élites, locales y globales, continúan erosionando las oportunidades y la igualdad, estas tragedias humanas se multiplican.

El libro también destaca las hermanas religiosas, los refugios y los compañeros de viaje, que encarnan la dimensión social del desarrollo: la solidaridad. Cuando las hermanas reciben a viajeros con toallas, jabón y palabras amables, el gesto se convierte en un momento de profunda restauración. Pequeños actos de cuidado en un mundo estructurado por la indiferencia son formas de resistencia.

En ese sentido, Solito logra más que muchos tratados políticos. Nos mueve de la abstracción a la empatía, de la política a la persona. No nos deja con datos o tratados, sino con la reflexión sobre un mundo en el que historias como esta no tengan que repetirse.

Detrás de cada cifra sobre migración hay una historia, un niño con sueños, una familia con esperanzas. Solito nos recuerda que los problemas de desarrollo, gobernanza y justicia no son abstractos: tienen nombre, rostro y destino.

Es un libro que conmueve, pero también interpela. Nos invita a pensar qué tipo de sociedad somos y qué tipo de humanidad queremos construir. Una donde los niños caminen solos entre fronteras, o una donde nadie deba marcharse para vivir con dignidad.

Mirar sin apartar la vista
Yo leyendo el libro en Ginebra, Foto: Erick Gonzales
Portada de SOLITO, Foto: Erick Gonzales
Educación, disciplina y esperanza

Un espejo del continente

Para los latinoamericanos, Solito resulta dolorosamente cercano. Las causas que empujan a Javier, la falta de empleo, la violencia, la desigualdad, la corrupción y la ineficacia de los gobiernos, no son ajenas a países como Bolivia, Perú, Honduras o Venezuela. La historia de Zamora también es la de millones de personas que se ven obligadas al desarraigo.

Sin embargo, la fuerza del libro radica en que no denuncia con cifras, sino con humanidad. A través de la voz infantil, el autor muestra las consecuencias reales de sistemas que fracasan en ofrecerles futuro a sus ciudadanos y la resiliencia extraordinaria que surge.

Mirar sin apartar la vista
Yo leyendo el libro en Ginebra, Foto: Erick Gonzales

Desde las primeras páginas entendemos que la educación fue un pilar de la vida de Javier. Sus padres fueron estudiantes ejemplares. Su madre, estricta y exigente, lo sentaba frente a una pizarra, visible desde la calle, y no lo dejaba levantarse hasta completar sus tareas. Era un amor severo, sí, pero también una forma de esperanza: la convicción de que el conocimiento podía abrirle un camino.

Años después, el niño migrante que sobrevive es un poeta y escritor reconocido, becario de Stanford y Harvard. En ese trayecto, Solito revela algo universal: el inmenso potencial que existe en niños y jóvenes de entornos menos privilegiados cuando se les ofrece, o ellos mismos se exigen, la oportunidad de aprender y superarse. En la historia de Zamora, la educación no es solo supervivencia; es liberación. Es el primer acto de responsabilidad hacia uno mismo y hacia la sociedad.

El silencio sobre la incapacidad

Si Solito tiene una omisión deliberada, está en lo que no dice: los sistemas políticos y económicos que producen tanto sufrimiento. Como lectores, anhelamos una reflexión más amplia sobre por qué millones de personas deben emprender viajes. Sin embargo, esto queda fuera del marco de la conciencia del niño que narra la historia, y la integridad artística de Zamora reside precisamente en mantener esa voz. Su tarea no es analizar las causas, sino hacernos sentir el costo humano.

Desde una perspectiva socioeconómica más amplia, sin embargo, resulta imposible no reflexionar sobre la complejidad misma de la migración. No todos los migrantes llegarán a ser escritores o innovadores; no todos están en la mejor posición para contribuir positivamente a las sociedades que los reciben. Vale la pena considerar políticas migratorias humanas y flexibles, que otorguen mayores oportunidades a quienes demuestran esfuerzo, formación y compromiso con el progreso propio y colectivo. Al mismo tiempo, el objetivo último no debe ser filtrar personas, sino transformar las condiciones que las obligan a marcharse.

Portada de SOLITO, Foto: Erick Gonzales
Yo leyendo el libro en Ginebra, Foto: Erick Gonzales
Educación, disciplina y esperanza
Portada de SOLITO, Foto: Erick Gonzales

Un espejo del continente

Para los latinoamericanos, Solito resulta dolorosamente cercano. Las causas que empujan a Javier, la falta de empleo, la violencia, la desigualdad, la corrupción y la ineficacia de los gobiernos, no son ajenas a países como Bolivia, Perú, Honduras o Venezuela. La historia de Zamora también es la de millones de personas que se ven obligadas al desarraigo.

Sin embargo, la fuerza del libro radica en que no denuncia con cifras, sino con humanidad. A través de la voz infantil, el autor muestra las consecuencias reales de sistemas que fracasan en ofrecerles futuro a sus ciudadanos y la resiliencia extraordinaria que surge.

Desde las primeras páginas entendemos que la educación fue un pilar de la vida de Javier. Sus padres fueron estudiantes ejemplares. Su madre, estricta y exigente, lo sentaba frente a una pizarra, visible desde la calle, y no lo dejaba levantarse hasta completar sus tareas. Era un amor severo, sí, pero también una forma de esperanza: la convicción de que el conocimiento podía abrirle un camino.

Años después, el niño migrante que sobrevive es un poeta y escritor reconocido, becario de Stanford y Harvard. En ese trayecto, Solito revela algo universal: el inmenso potencial que existe en niños y jóvenes de entornos menos privilegiados cuando se les ofrece, o ellos mismos se exigen, la oportunidad de aprender y superarse. En la historia de Zamora, la educación no es solo supervivencia; es liberación. Es el primer acto de responsabilidad hacia uno mismo y hacia la sociedad.

. Redacción:
Erick Gonzales Rocha

Es economista del desarrollo con doctorado en Kobe University y trayectoria en organismos internacionales; actualmente reside en Ginebra, Suiza.

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